Desde el primer momento que supe que iba a viajar a Australia por trabajo unos días, estallé de felicidad. Hace muchos años que tenia este increíble destino en lo que vulgarmente se llama mi bucket list (listado de viajes pendientes para hacer).

Enseguida mi reserva aérea la hice con Latam, ya que tenía que trabajar en Melbourne y desde Santiago de Chile hay un vuelo directo a esta ciudad desde Aeroparque.

Finalmente iba a tomar el famoso vuelo TRANSPOLAR. La misma ruta aérea que Aerolíneas Argentinas voló durante más de 30 años ininterrumpidos y que lamentablemente por ser poco rentable dejó de realizarse.

El día de mi viaje empezó todo muy temprano, me levanté a las 4 am para que me buscaran a las 5 am, mi vuelo salía desde Aeroparque a las 06.50 am… casi al alba!

Además del viaje a Australia, luego de tantos intentos, algo que realmente me tenía muy excitado era el viaje en avión en sí mismo. Experimentar el vuelo transpolar estaba dentro de mis pendientes. Quería experimentar en primera persona lo que era volar por arriba del continente blanco.

Antártida desde que era muy chico, es uno de mis destinos favoritos para visitar.

Tomé conciencia del lugar cuando tenía aproximadamente unos 7 u 8 años, mi Tío Adrián me conto su experiencia de vivir dos años en la Base Marambio. Recuerdo que en varias oportunidades le pedía que me relatara una y otra vez sus anécdotas. Me fascinaba la idea de estar rodeado de la nada misma, la nieve, el frío, la sensación real de estar muy lejos y también la oportunidad de ver la naturaleza, para mí, en su máxima expresión.

En cuanto el Capitán nos dio la bienvenida a bordo y comunicó que el viaje duraría 13 horas y media desde Santiago hacia Melbourne, sabía que el vuelo iba a ser largo… bastante largo.

Opté por mantenerme despierto lo mas que podía, ya que siempre trato en lo posible de mentalizarme en el horario de destino, así el shock del jet lag me afecta lo menos posible.

Según las distancias que íbamos a recorrer, calculé que en aproximadamente a la mitad del vuelo íbamos a estar sobrevolando la Antártida, así que me dispuse a almorzar tranquilo, descansar un poco escribiendo, mirando unas revistas y un par de películas.

Confieso que cuando estás acostumbrado a volar mucho, a mí particularmente, el tiempo se me pasa rapidísimo. Logro hacer en el vuelo todo lo que me gusta cuando no tengo tanto tiempo.

En un momento ya a mitad de camino, miré por la ventanilla y de a poco iba cada vez haciéndose más de día. Finalmente comencé a observar, con poca luz, pequeñas líneas blancas en el océano. En esta foto lo pueden apreciar.

De acá en más, me acomodé bien en mi asiento, y no me despegué de la ventanilla ni un segundo. Ese momento me hizo acordar mucho a mis hijos cuando vamos a la heladería y se pegan al vidrio, queriendo traspasarlo para comerse TODO.

Así estaba yo, quería mirar todo y no perderme de ningún detalle, después de tantos años de ver diapositivas, fotos, videos de este hermoso lugar en el mundo, finalmente lo estaba disfrutando en vivo con mis propios ojos.

A medida que iba pasando el tiempo, se ponía más y más claro el día, con lo cual ya los detalles eran más vivos. Podía observar hasta la forma de cada uno de los icebergs que deambulaban por el océano. Millones de lingotes de oro blanco con distintas formas y alturas.

La felicidad me abrazaba muy fuerte, lo había logrado, estaba viviendo lo que quería ver desde chico, aunque sea desde arriba del avión a miles de metros. Igualmente la inmensidad del continente blanco era vasto e indescriptible.

Mis compañeros de asiento, dos australianos que habían estado tres meses de vacaciones por América Latina, me pedían si por favor podía sacarles un par de fotos. No podían creer que se viera todo con tanta claridad. A pesar de haber hecho el vuelo varias veces nunca lo habían visto tan claro.

Finalmente luego de mirar por la ventanilla aproximadamente como 20 minutos, de a poco el horizonte comenzó a completarse nuevamente de nubes. Ya no se venia casi nada.

La felicidad de haber cumplido casi en su totalidad un sueño, seguía todavía latiendo en mi corazón. Bajé la intensidad de la luz en la ventana, me acomodé en mi asiento y cerré los ojos con una enorme sonrisa en mi rostro…. hasta que el sueño me abrazó por un par de horas.

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